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28 Diciembre 2020

¿Existe el “trumpismo” como un movimiento político real?

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Luego de la derrota sufrida por el presidente Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre, la pregunta que ha surgido es si existe el “trumpismo” como un movimiento político real, capaz de construir una tendencia dentro del Partido Republicano.

Como todo lo que tiene que ver con el mandatario, cuesta desentrañar los aspectos reales de aquellos que son solo construcciones comunicacionales que crea para afirmarse a sí mismo. Y, como todo lo relacionado con él, también es importante abstraerse lo más posible de las pasiones a favor y en contra, que terminan confundiendo su real peso y disposición.

Para comenzar a responder la pregunta que encabeza este artículo, tenemos que preguntarnos cuáles son los elementos a favor del “trumpismo”. Principalmente hay tres: un alto apoyo en términos de votación, alta penetración de sus ideas y, por supuesto, la debilidad interna de un Partido Republicano que no sabe cómo administrar a Trump y su séquito.

El apoyo a la creación del movimiento trumpista

Es un hecho que el actual mandatario tuvo un alto apoyo en esta elección, con más de 70 millones de votos que podría utilizar como una base electoral interesante y un activo que le permita ordenar a sus aliados. Aunque se puede discutir si esos votos eran para él o una forma de evitar a los demócratas, lo cierto es que logró movilizar a los votantes de segmentos que estaban alejados de la política.

Esto nos lleva al segundo elemento que podría ayudar a crear una base trumpista: la penetración de la mirada polarizadora como eje de construcción partidista. Quienes lo apoyan, han hecho suyas y repiten las ideas sobre inmigración, industrias, derechos y han fortalecido el modelo conservador aislacionista como medio de defensa ante el multilateralismo promovido por los demócratas. Las permanentes apelaciones al socialismo venezolano, a la amenaza china y los indocumentados violentos también han logrado que una parte importante de la sociedad norteamericana vea en estas ideas espacios de construcción social y legal.

El tercer elemento -nuevamente derivado de lo anterior- es la debilidad interna del Partido Republicano en términos de ideas que permitan hacerle frente y ofrecer una mejor opción. Esta organización no tiene figuras de peso que puedan o quieran hacer de contrapeso, y consideran que este escenario -aunque complejo- de todas maneras permite que el votante tradicional los apoye.

Además, al igual que en el caso de España, Reino Unido o Francia, los partidos de derecha tradicionales -y este es el caso del Republicano- han sido poco proactivos para frenar ideas polarizadoras y las han adoptado tácticamente para expandir su base en elecciones.

En el caso de Estados Unidos, en un ejemplo similar a lo que ha pasado en otros países, bajo la equivocada premisa de que integrar ideas polarizadoras permite dominar a sus promotores, los republicanos dieron cobijo a Trump y sus ideas, provocando que estas dominen sus debates internos y restando diversidad a sus planteamientos.

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También puede ser que el Trumpismo no se consolide

Los hechos que podrían sustentar la consolidación del movimiento trumpista son claros, pero tiene implícita una duda en ellos: ¿efectivamente la polarización es un activo de Trump o puede serle arrebatado, considerando que es un problema global y no algo exclusivo?

Aunque es probable que no surjan líderes alternativos a él con este discurso al interior del Partido Republicano, la respuesta a esta pregunta está más en la habilidad del Partido Demócrata y de Joe Biden de hacer crecer la economía y lograr que la red de protección social del país crezca y genere beneficios directos a en aquellos segmentos sociales que tienden a creer en el “trumpismo” como alternativa.

Trump y su grupo más cercano construyeron su popularidad y ascenso en una personalización excesiva y en ejes superficiales -pero lógicos- de contenidos, que hacen sentido durante el enfrentamiento, pero que se debilitan en la medida que surgen alternativas razonables y que son efectivas.

Si bien, por ejemplo, en el fragor de la batalla electoral, tiene sentido hablar de temor al socialismo y plantear que EE.UU. puede encaminarse a ser un “siervo de China” y una potencial Venezuela, en la medida que el plan económico y político de Biden muestre efectos positivos, tenderá a abrir el debate y cuestionar los argumentos de Trump y su círculo.

Y ello no solo se apoya en la labor que pueden hacer los demócratas, sino también en las propias características del círculo de Trump: este está compuesto por cercanos a él cuya motivación principal es el poder propio y no la construcción de una base política o de una alternativa programática en el largo plazo. En definitiva, es un problema de incentivos para su círculo: actualmente es mejor para sus negocios y su posición continuar como independientes y no dentro de una estructura tradicional.

La respuesta puede tardar en llegar

Como Donald Trump aún no renuncia a cuestionar el triunfo de Joe Biden, todavía no queda claro cuál es su plan para los próximos meses y qué rol jugará. Como tradicionalmente lo ha hecho, queda por ver cuál es la apuesta que hace. Por mientras, en caso de que desee formar un movimiento, tendrá que generar un proyecto político que se construya por sí mismo -sin el apoyo que implica estar dentro del gobierno- y que le dé un mayor sustento a los planteamientos que emitió en su presidencia y la última campaña.

Su desafío, entonces, es cómo pasa del clientelismo al desarrollo de una forma de construir la sociedad que vaya más allá de destacar las exclusiones, y que se centre en una visión que haga sentido al Partido Republicano y a las instituciones dentro de él.

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Paul Venturino D.
Periodista Universidad Católica de Chile.
Magíster en Ciencia Política, mención Instituciones y procesos políticos, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en comunicación audiovisual y publicidad, Universidad Autónoma de Barcelona, España.
Profesor de pre y posgrado Escuela de Periodismo Universidad Finis Terrae.
Profesor magister de Comunicación Estratégica, Facultad de Comunicaciones, Universidad Católica de Chile.
Socio y director ejecutivo de Strategika